La historia de la vid en Catamarca tiene nombres propios, pero algunos representan la resiliencia y el arraigo, como la familia Andreatta. Detrás de las puertas de Bodega Michango, hay un legado que se resistió al olvido.

Oscar Andreatta, ingeniero mecánico y quinta generación de vitivinicultores,  en 2003 decidió despertar a esta bodega de un letargo de 15 años, impulsado por una convicción : el terruño catamarqueño tiene la jerarquía necesaria para dar vinos de excelencia.

Para entender el espíritu de Michango hay que viajar  hasta 1896, cuando Augusto Cesare Andreatta llegó desde Italia con la esperanza en el equipaje. Hacia 1920, la historia familiar echó raíces en Siján,  al pie del imponente cerro El Manchao. Allí, a unos mil metros sobre el nivel del mar, descansan viñedos que son tesoros vivos. Hablamos de Torrontés y Moscatel de Alejandría con 80 años de antigüedad, cepas  que encarnan el respeto por los ritmos de la naturaleza .

Siján fue el epicentro de un devastador aluvión en enero de 2014. El lodo sepultó fincas enteras de los Andreatta, pero no enterró su voluntad. Con la misma pericia con la que Oscar y su padre habían reconstruido la maquinaria de la bodega años antes —fusionando la herencia artesanal con la automatización ingenieril—, la familia volvió a levantarse para seguir cultivando su historia.

Con partidas exclusivas de dos a tres mil botellas por etiqueta, Michango es hoy un auténtico laboratorio de innovación a escala humana. Su apuesta por los espumantes elaborados bajo el riguroso método tradicional no solo elevó el valor de su propuesta vitivinícola, sino que trazó un camino de inspiración para otros pequeños productores de la zona, demostrando que la materia prima local no tiene techo.

Pero la verdadera magia de este proyecto, y quizá su aspecto más valioso para quienes miramos el turismo con una lente integral, radica en su profundo compromiso con la sostenibilidad. Nada se pierde en el ciclo de Michango. Los orujos vuelven a la tierra en forma de compost, las borras orgánicas encuentran un destino fascinante: teñir cueros y fibras naturales. Es la economía circular en su máxima expresión, una experiencia donde el vino no termina en la copa, sino que se abraza a la cultura, el paisaje y su comunidad.

Hoy la bodega produce vinos varietales, blends, vinos dulces, espumantes y destilados. Torrontés y Moscatel de Alejandría, además de Malbec, Bonarda y Syrah, son algunos de ellos.

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