
En la tierra del malbec cada vez se toma menos vino.
En Argentina la caída histórica del consumo, los obstáculos para exportar y la pérdida de competitividad están golpeando a las bodegas, que buscan adaptarse para atraer a un consumidor cada vez más esquivo.
La semana pasada miles de personas celebraron la Fiesta de la Vendimia en la provincia de Mendoza, conocida como “la tierra del sol y del buen vino” porque allí se concentra la mayor cantidad de bodegas del país sudamericano. La celebración se realizó en un momento desafiante para la industria vitivinícola.
Argentina es el decimoprimer mayor exportador mundial de vino. El año pasado las exportaciones de vino argentino alcanzaron 1,93 millones de hectolitros, una caída interanual de 6,8% respecto del año anterior, de acuerdo con un informe del Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV). Se trata del menor volumen exportado desde 2004, cuando las ventas al exterior fueron de 1,55 millones de hectolitros.
A su vez el consumo de vino per cápita en 2025 fue el más bajo registrado en Argentina, según el INV. El año pasado se consumieron 15,7 litros por persona, una caída de 3,2% respecto del año anterior. En comparación, alrededor de 1970 los argentinos consumían unos 90 libros por persona por año.
Además, el año pasado cerraron 1.100 viñedos y desaparecieron 3.276 hectáreas destinadas a la producción de uva.
Cambios en el consumo
La caída del poder adquisitivo de los consumidores y la falta de tratados de libre comercio con otros países para exportar con más facilidad son algunos de los principales factores detrás de la crisis del vino en Argentina, dijo Fabián Ruggieri, presidente de la Corporación Vitivinícola Argentina (COVIAR), a The Associated Press.
Por ello la industria decidió mantener los precios del vino que se vende en los supermercados durante los últimos dos años, una medida que Ruggieri consideró una solución de corto plazo.
Según el INV, la venta de vino embotellado se mantuvo estable en 2025, mientras que los vinos de consumo masivo —en sus variantes en cartón, damajuana y lata— registraron caídas de entre 6,2% y 15,1%.
Emiliano Villanueva, académico de Eastern Connecticut State University especializado en la industria del vino, afirmó que el vino “estándar” de precio medio también enfrenta un mercado cada vez más competitivo debido a la saturación de ese segmento.
Un ejemplo es el malbec, el vino insignia de Argentina, que durante años dominó las exportaciones vitivinícolas del país. Sin embargo, en la última década sus envíos al exterior han disminuido por un mercado cada vez más saturado y sus altos costos de producción.
“Argentina tiene una posición muy endeble, demasiado vinculada a un producto de valor medio, el malbec, y ese modelo se está agotando. La discusión hoy en Argentina es ¿qué hago ahora?”, dijo Villanueva.
Para Federico Gambetta, director y enólogo de la bodega Altos Las Hormigas en Mendoza, uno de los motivos de la baja en la demanda de vino es que han cambiado los patrones de consumo.
“La gente ya no consume el vino de manera masiva”, dijo. La gente ahora busca vinos “que tengan más coherencia” y que “transmitan algo, den una energía, un propósito, algo detrás que justifique esa compra”.
Gambetta aclaró que antes se consumían vinos con mayor concentración alcohólica, pesados y voluminosos y que hoy la generación joven “busca fluidez, amabilidad, frescura y liviandad”, cualidades típicas de los vinos blancos y rosados.
Uno de los vinos tintos de Gambetta —Malbec Los Amantes 2022— fue recientemente clasificado en el puesto 41 entre los 100 mejores vinos del mundo.
“Cambió la forma de consumir, cambió la forma de vender”, dijo Gambetta. “El que no es dinámico, está perdido”, añadió.
Exportaciones bajo presión
Gabriel Dvoskin, un excorresponsal de guerra que hace más de una década se mudó a Mendoza y se convirtió en productor de vino, es dueño de la bodega Canopus, ubicada en el sur del Valle de Uco. En sus 10 hectáreas produce unas 50.000 botellas al año.
Dvoskin exporta a 15 países, con Estados Unidos como su principal mercado. Sus envíos varían según la demanda local: cuando el consumo en Argentina es alto, exporta menos; cuando cae —como ocurre actualmente— intenta aumentar las ventas al exterior. Sin embargo, reconoce que los altos costos ponen a sus vinos en desventaja frente a competidores internacionales.
“La inflación hace que seamos un poco más caros”, dijo Dvoskin. “Mi equivalente en Francia tiene costos mucho más bajos en insumos secos —como botellas y corchos— que yo”.
Las exportaciones se ven afectadas por problemas de financiamiento, altos costos logísticos y una menor competitividad derivada de los aranceles externos, afirmó Ruggieri. Referentes de la industria sostienen que el país necesita ampliar sus acuerdos de libre comercio o avanzar en la reducción recíproca de aranceles para mejorar su posición en el mercado internacional.
Uno de los principales competidores es Chile, que cuenta con tratados de libre comercio con más de 60 economías que le permiten exportar vino con aranceles cercanos al 0% a numerosos mercados, incluido China. Argentina, en cambio, enfrenta tasas que oscilan entre el 10% y el 20%.
Para Gambetta, el enólogo de la bodega Altos Las Hormigas, en esta tormenta hay una premisa clave para la industria: la calidad del producto no se negocia.
“Porque justamente hoy, que está todo tan delicado, un paso en falso te puede tirar a la quiebra. La calidad nunca puede ser dejada de lado”, comentó.
















