Una nueva generación de hoteles ofrecen barras con personalidad propia, capaces de mezclarse con la ciudad, la isla o el paisaje que las rodea

Hay algo extraño en viajar a miles de kilómetros para conocer una ciudad y terminar la noche en un lugar que podría estar en cualquier parte. Durante mucho tiempo, ése fue el problema de muchos bares de hotel. Impecables, cómodos, internacionales. Y, precisamente por eso, a veces demasiado desconectados de aquello que sucedía apenas cruzando la puerta.

Pero el bar de hotel tiene una historia mucho más interesante que esa. Los grandes bares fueron alguna vez verdaderos salones urbanos. Allí coincidían huéspedes y vecinos, escritores y empresarios, desconocidos que acababan compartiendo una mesa. Se iba a un hotel sin necesidad de dormir en él. La barra era una frontera particularmente fértil entre quien acababa de llegar y quien conocía la ciudad de memoria.

Algo de ese espíritu está regresando. En Madrid y Londres, pero también frente al Caribe, en Belice o a miles de kilómetros del continente, en Rapa Nui, aparecen hoteles que vuelven a pensar sus bares como lugares con vida propia. No alcanza con una buena carta de cócteles: importa quién se sienta en la mesa de al lado, qué música suena, qué se ve desde la ventana, qué historia tiene la barra y cuánto del destino consigue entrar en una copa.

Quizás por eso algunos de los bares más interesantes para descubrir durante un viaje vuelven a estar, inesperadamente, dentro de hoteles.

Metrópolis, Madrid

Una dirección nueva para la noche madrileña

Hay una prueba bastante sencilla para saber si un bar de hotel funciona: preguntarse si alguien que vive en la ciudad iría aunque no tuviera una habitación reservada. En Metrópolis Hotel & Club, ésa parece ser precisamente la intención. El edificio de la calle Alcalá 39, coronado por una de las cúpulas más reconocibles de Madrid, inicia una nueva vida que no se limita a sus 19 habitaciones y suites. Grupo Paraguas lo concibió como hotel, sí, pero también como club y punto de encuentro. Y en una ciudad donde cenar tarde, prolongar la sobremesa y decidir espontáneamente que la noche todavía no terminó son casi hábitos culturales, esa diferencia importa.

Spa de Langostas lleva la idea al extremo. Su nombre ya advierte que no estamos ante el lobby bar previsible: gastronomía marina, coctelería, música y una atmósfera nocturna que puede prolongarse hasta bien entrada la madrugada. Metrópolis incorpora además diferentes conceptos gastronómicos y espacios donde tomar una copa, permitiendo desplazarse dentro del propio edificio a medida que cambia la noche. Y hay algo especialmente atractivo en hacerlo allí. Durante más de un siglo, los madrileños pasaron frente al Metrópolis. Ahora pueden entrar.

Grand Hotel Bellevue, Londres

El bar que parece la casa de alguien a quien querríamos conocer

En Londres, donde algunos hoteles llevan más de un siglo perfeccionando el ritual del bar, competir por espectacularidad sería bastante inútil. Pondicherry, en Grand Hotel Bellevue, elige otro camino: la personalidad.

Fabrizio Casiraghi concibió los interiores del hotel a partir de un personaje imaginario, un aristócrata británico que habría regresado de viajes por el mundo con una colección de objetos y recuerdos. El bar parece pertenecerle. Maderas oscuras, tonos terracota, iluminación baja y una pared de bordados creada junto a la firma neoyorquina BODE construyen un espacio que tiene algo de salón privado y algo de pequeño gabinete de curiosidades.

Eso modifica también la manera de beber. Pondicherry no necesita la monumentalidad del clásico bar de gran hotel londinense. Es más íntimo, ligeramente excéntrico y deliberadamente cálido. Su carta incluye creaciones como Norfolk Fashioned y Ponditea, pero probablemente su mayor acierto sea haber construido una atmósfera en la que uno quiere quedarse después de terminar el cóctel.

La Coralina Island House, Bocas del Toro

Aquí la ciudad es una isla

Qué significa ser un bar conectado con su destino cuando el destino no es Londres ni Madrid, sino una isla del Caribe panameño? En La Coralina Island House, la respuesta está menos en el interiorismo que en aquello que el espacio decide dejar entrar.

El Restaurant & Lounge Bar se abre al entorno tropical de Bocas del Toro y trabaja una carta donde coctelería, pescados, mariscos, cacao y productos regionales conviven con el paisaje. El Poolbar lleva esa relación a un registro todavía más relajado. Aquí, la hora decisiva no la marca necesariamente el reloj: puede marcarla el momento en que baja el calor, cambia la luz y los huéspedes empiezan a regresar del mar.

La sofisticación está precisamente en no intentar convertir Bocas en otra cosa. Después de una jornada de surf, navegación, playa o bienestar, sentarse a tomar algo todavía con el Caribe delante permite que la experiencia del destino continúe. La vegetación, la humedad, el sonido del mar y la cadencia de la isla no quedan detrás de la puerta del bar: entran con uno.

Turtle Inn, Belice
Un bar con microscopios, cocos y una muy buena historia

El Skip White Bar tiene algo que ningún estudio de interiorismo puede fabricar desde cero: una historia. Lleva el nombre del antiguo propietario de Turtle Inn, Skip White, biólogo marino, y todavía conserva sobre la barra antiguos microscopios utilizados por él y sus estudiantes. Es uno de esos detalles que podrían parecer decorativos hasta que alguien cuenta de dónde vienen. Entonces todo el espacio cambia.

En la barra conviven cervezas beliceñas y vinos vinculados a la familia Coppola, mientras que a pocos pasos The Laughing Fish Bar lleva la experiencia directamente a la arena. Allí incluso puede ocurrir que un coco de las palmeras cercanas termine convertido en recipiente para el próximo cóctel. Turtle Inn tiene además otra rareza: su Wine Aquarium, una cava vidriada con más de 1.200 botellas, con etiquetas de California y de distintas regiones vitivinícolas del mundo.

Nada de esto parece responder a una estrategia para construir “el bar perfecto”. Y justamente por eso funciona. Microscopios, vino, arena, cocos, biología marina, Francis Ford Coppola y Belice forman una mezcla improbable que termina contando mucho más sobre el hotel que cualquier decoración perfectamente coordinada.

Nayara Hangaroa, Rapa Nui
Cuando la mejor parte de la carta sucede fuera de la copa

En Rapa Nui existe un competidor imposible para cualquier bartender: el horizonte. Nayara Hangaroa parece haber entendido que no tiene sentido intentar ganarle. En Kaloa Lounge, las vistas abiertas hacia el Pacífico convierten el atardecer en parte de la experiencia. Se llega por un cóctel y, durante algunos minutos, prácticamente todas las mesas terminan mirando en la misma dirección. 
Vaikoa Bar cuenta otra historia. Más íntimo, su arquitectura toma referencias de antiguas construcciones de Rapa Nui y utiliza un techo cubierto de césped, recuperando soluciones históricas de aislamiento y protección propias de la isla. La relación con el territorio no aparece entonces como tema decorativo: está en la propia forma del espacio. Y quizá allí aparezca la versión más radical de esta nueva generación de bares de hotel. No necesitan crear una realidad paralela para resultar interesantes. Necesitan saber dónde están.

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